
No entiendo cuándo he vivido, habiendo escrito tanto. Pero lo cierto es que he vivido, y mucho, y todo está escrito.
Francisco Umbral
Contaban que este miércoles, o sea ayer incinerarían el cuerpo de Francisco Umbral, el escritor de las palabras incendiarias y la belleza abierta. Dicen que muchos los odiaban. Dicen que muchos le amaban.
Aún he leído apenas textos suyos desperdigados en internet y llegué a inscribirme en una biblioteca virtual de una universidad española para leer sobre su vida y escritos. Nicho y Edgar Quinet son sus admiradores. A su vez, para mí, ellos son preciados contactos a los cuales leo y escucho atentamente. A Francisco Umbral, llegué por ellos.
Lo que siento ahora es una sensación a ausencia: como que no llegué a subir a esa nave donde viajaba Francisco Umbral y que ahora diviso a otra en la que él ya no está. Es como un arrancamiento corporal, como si porque él se ha ido físicamente y ya no estará más en ninguna parte si no a través de sus libros, significara algo que me perturba. Luego lo racionalizo y esta subjetividad torva se desvanece o eso parece, hasta que imagino a su cuerpo incendiado. Y veo las cenizas reunidas, en contraste con el recuerdo de un hombre al que vi en fotos, con su porte dandy, al que leí en entrevistas y fragmentos de "Mortal y rosa", el libro que escribió tocando la muerte de su hijo con la delicadeza de un coloso herido.
La imagen del cuerpo desapareciendo viene: veo el vuelo de las cenizas sobre el tiempo. Cenizas y voces. Y sombras.
Conoceré a Francisco Umbral ahora que ya no existe.
En la foto tomada de Google: Francisco Umbral.
