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07/07/2007

Post-post lunar

La noche se va. Escribo entretiempos mientras A juega en la casa de Doria. Se va a quedar a dormir para jugar ajedrez con su papá. A no quiere comer mucho pastel porque le gusta la ligereza de la delgadez.
Hoy cumplieron años los hermanos de la musa bebé que tienen distinta edad habiendo nacido en el mismo día. Fue un día agitado y gracioso con juegos en parques y el happy birthay dum dum.

El dulzor de los recuerdos fue muy mío. Quizás también debí cerrar la ventana de comentarios para el post Café con pastel de limón. Eeeeh, ¿qué digo? si llegó Kurubeta exclamativo desde Paraguay.

Volteando el giro, notará el que lea este blog personal, que mi eclecticismo es poco atractivo. Eso por una parte me reafirma en la soledad, que no es un estado buscado a diestra y siniestra.

A veces

sí, reaparece el a veces

la virtualidad me parece sobretodo radiante. Otras, encuentro que todo es ilusión. Que la matrix está aquí. Que no hay nadie ni yo estoy aquí realmente. Que no soy nada ni nadie. El teclado suena con cada dedo sobre las letras, la compu arroja un ruido de máquina gastada, y existen otras señales físicas. Natural composición cromática de objetos vivos.

Lo que parecería un sofisma cual pretexto para una retórica vana es solamente parte de la soledad.

Vivo en Lima, lo saben. Adoro esos lugares inciertos y hermosos de la ciudad, su centro retumbador, las huacas y los apus urbanos.
Soy una mujer extemporánea a solas con su teclado, sin irritación por el frío invernal. Me hago preguntas, demasiadas preguntas.

La más recia naturaleza humana se torna anarca. ¿Has visto las manzanas doradas de las que hablaba Ray Bradbury? Si las has visto, comprendes....comprendes.

Hubo un tiempo en el que me enamoraba virtualmente. Era el tiempo de los espejismos.
Muñecota de signos electrónicos, plum, me maté.

Ahora pienso en los talones de aquiles y en las madréporas. Y me convierto en un cyberanimal.
Preferiría ser cyborg. Mil veces, millonésimas veces, cyborg con talante de viajera, nómada asidua de los territorios expansivos.

Tal vez llegue el tiempo de la rebelión última, como en un perpetuo acto felino. Tú estarás al otro lado de su cara y yo reuniré fósiles y cactus, porque del amor, creo que es como un fósil que resplandece en los veranos y yo quiero verlo cuando la espuma marina lo golpea como si eso fuera lo que al final importa. El amor cactus, el amor maquínico y solar.

03/06/2007

La máquina sentimental (I)

Admito que parezco una máquina sentimental. Escribo sobre playas lejanas y nada sobre las tardes con café . Llega el ayuno, la fiebre, el margen preciso para un zig zag musical/plástico sobre los días y sus arritmias.
Tengo un secreto y ni siquiera puedo revelarlo cambiando sus señales, tomando el autobús en las mañanas sin sentir un escozor raro en el pecho. Es nada, es todo.
La refrigeradora está vacía. Hay un pepinillo con tomates, y mermelada de durazno sobre las blancas mayólicas. Entre ese instante y el sonido de una bocina, la imagen de los locos de la avenida Wilson parece un cuadro móvil que viene y va. Estoy en una de las avenidas céntricas de la ciudad. Sixtoo pasa por mis audífonos y la mueca de un vagabundo que choca contra un hombre cerca de mí me marea. Entonces, recuerdo que hoy es domingo y que dentro de poco la calle estará solitaria. Plam, quiero tomar un café y me hielo. Edward Hooper hubiera pintado esta calle, su paredero, a esa mujer que tiene la mirada gris en el rostro blanquísimo y lleva una saco de cuero marrón. Se parece a Lily Monster y huele a perfume caro. Se va en taxi, y al subir me ha mirado. ¿ A mí me ha mirado?

Me ha mirado como un hombre mira a una mujer.

No sé por qué me ha apenado. No lo entiendo. Será porque escucho a Sixtoo y la calle está vacía, y el semáforo se demora demasiado en ponerse en rojo. Voy a cruzar la pista.
Sigo preguntándome porque el sentimentalismo se me cuela por los oídos si Sixtoo no tiene nada que ver con las baladas.
¿Soy acaso una guardadora de rastros? bah. O sí, porque la máquina sentimental es como un robot autónomo que controla a otros. Absurdamente. Todo esto es culpa de los gnósticos herejes que se me han metido en la cabeza y de la filosofía sobre matrix, las madrugadas frías y mi afición por los hexagramas.
Me abotono el abrigo, entibio mis manos en los bolsillos. La pregunta otra vez llega y la niebla cubre a la gente que afuera va con prisa, tiritando, mientras me paro unos segundos a mirar la bruma. Sixtoo parece el mejor soundtrack en estos días.
La pregunta vuelve como una fijación, y como si espantara una mosca la aparto de mi mente.
No interesa, me digo cuando en el camino encuentro café humeante y pay de limón.

Y es mentira, caronte de cómic, es mentira. Dime si vas a venir.