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19/08/2007

Lo cierto es que no sé cómo decirte Eloísa...


He soñado con ser un androide. Inmortal. Sin posibilidad de revertir mi existencia maquínica, porque sabía que no sería un fantasma . Es preferible dormir un cuarto de siglo a perecer en un crematorio.
No soportaría la idea (muriendo) de presentir el crecimiento de mis uñas y mi cabello antes de convertirme en un esqueleto. Deslizarme por la frontera que no veré más allá de un pequeño estertor. El drama de mi cuerpo obseso en el último segundo. Roturas de todo placer a la hora de irme. No quiero morir, quiero ser un androide. Desplazaría mi soledad de monstruo que se levanta y responde el teléfono al amante de una noche festiva por esos ojos de metal y esa coraza cerebral radiante. No renunciaría a los sentimientos porque el implante de las emociones que tuve siendo humana quedaría fiel a lo que fui. ¿Me crees Eloísa? ¿me imaginas abriendo la refrigeradora y sacando pedazos de carne que comería salvajemente?. Ja, la paradoja de lo deseos en el androide, el ser libre.

Tú conoces mis obsesiones. Cómo junto bolsas de hule y les hago nudos, mi amor por los muñecos de baquelita, los superhéroes perversos y bondadosos que vuelan encima de la computadora cuando escribo y me confundo entre lo que invento y lo que soy, una vagabunda cibernética lista para viajar y ser el androide que no se enamora como una necia, como un ser humano atravesado por sus heridas y canciones. Un montón de fragmentos en spiral.







Imagen de Angel Estevez.

03/06/2007

La rueda

Hay tardes como ésta en las que una escribe porque el frío y la leve fiebre no me dejan hacer algo diferente. Sólo que escribir es más que algo. Es como una rueda. Mimetización en una rueda que gira con un sonido de batería, y el ritmo en vez de vértigo tiene una densidad y una ascensión anímica que te mueve las neuronas y tienes que escribir, pase lo que pase. En casa, no va a suceder nada pavoroso. El balón de gas está con el seguro y me he abrigado moderadamente para que la fiebre no me moleste. Me detengo y me digo, la prolongación de tu voz en el tiempo me está llamando y sí, eso es terrible. Una especie de tentáculo. Tenebroso instante.

Tengo que mirar mi agenda, pintar un gato, regar el cactus.

Clap. Las noticias son como un cordón ajustando el pecho. Hacen presión, y no hay brisa, hay frío. El mate se ha congelado.

Estamos llenos de virus, se oye la sinfonía de los estornudos. Veo el cadáver de un mendigo en la televisión. La apago. Me quedo mirando el cartel con la cara de Beethoven y una carcajada retumba desde el otro piso. Y el mendigo era alguien perdido. Nadie lamenta su muerte. Todos los mendigos vestidos con terno y corbata no la lamentan. O acaso alguno que hace poco era un trashumante, sí.


Rapsodia negra, así le llamaría a mi composición musical, si supiese escribir pentagramas y conociera las combinaciones tonales y el noise rondando entre las notas. Esa sería la rueda, ¿comprendes?

Mira los intersticios de tu propia escena

alguien te llama, no soy yo.

Sería simple decir que puedes hacer con tu vida lo que quieras. Libro de autoayuda, consejo de confesionario, discurso del triunfador. ¿Qué vas a decir?



Paleta de colores. Tengo una y unos zapatos cómodos. Los audífonos funcionan bien. El mate, ahora está caliente y:


quiero pintar un graffiti

quiero tocar un cuerpo delicado

quiero que la fortaleza tenga rostro de ciudad liberada
quiero que A me cuente sobre la rayuela y sus robóticos

quiero escribir una Rapsodia Negra.




Tendrían que existir parques llenos de girasoles en la ciudad y muchos, muchos cactus.
Mate caliente en las esquinas de cada paradero de autobús y cuerpos anhelantes, limpios, musicales, entre los ritmos trepidantes y la vacuidad de los días oscuros.
Cuerpos que gritarían alborozados en el abrazo y la cópula. Cuerpos, cuerpos.

A través de la contraventana miro pasar a la gente. Pasa y pareciera que se la lleva un bólido. Y nadie se da cuenta.