He soñado con ser un androide. Inmortal. Sin posibilidad de revertir mi existencia maquínica, porque sabía que no sería un fantasma . Es preferible dormir un cuarto de siglo a perecer en un crematorio.
No soportaría la idea (muriendo) de presentir el crecimiento de mis uñas y mi cabello antes de convertirme en un esqueleto. Deslizarme por la frontera que no veré más allá de un pequeño estertor. El drama de mi cuerpo obseso en el último segundo. Roturas de todo placer a la hora de irme. No quiero morir, quiero ser un androide. Desplazaría mi soledad de monstruo que se levanta y responde el teléfono al amante de una noche festiva por esos ojos de metal y esa coraza cerebral radiante. No renunciaría a los sentimientos porque el implante de las emociones que tuve siendo humana quedaría fiel a lo que fui. ¿Me crees Eloísa? ¿me imaginas abriendo la refrigeradora y sacando pedazos de carne que comería salvajemente?. Ja, la paradoja de lo deseos en el androide, el ser libre.
Tú conoces mis obsesiones. Cómo junto bolsas de hule y les hago nudos, mi amor por los muñecos de baquelita, los superhéroes perversos y bondadosos que vuelan encima de la computadora cuando escribo y me confundo entre lo que invento y lo que soy, una vagabunda cibernética lista para viajar y ser el androide que no se enamora como una necia, como un ser humano atravesado por sus heridas y canciones. Un montón de fragmentos en spiral.
Imagen de Angel Estevez.


