eran muchachas de la post guerra con la polifonía dentro de cada una, de soledades veraniegas en la postal a color que años después tú mancharías. giro de miradas al filo de la desmemoria con los números dispersos de las concursantes de belleza que esperaban por turnos para salir en las pasarelas. la bomba atómica había dejado su rastro en la chica japonesa apareciendo a contraluz en la postal, apenas sonriendo con el insomnio en las ojeras, matando su belleza en fumadas sin tregua mientras la austriaca se masturbaba pensando en gary grant, tan viril él en un western y el rocanrol profanando la paz de los esmirriados vigilantes en las mesas, salvaba el goce. mesas de honor con champagna al aire libre fuera de foco, nubes anuladas en la composición perversa y en el centro del encuadre la erótika atravesada en los cuerpos incrédulos. ninguna fé alentaba a las bellas solitarias y sólo quedaba una oculta ira incrustada en los sexos olorosos en esas tardes de playas estivales, con la ductilidad de los bañadores sintéticos, la saga de los deseos incumplidos, y otra vez las bombas en cada espejismo. el revelado aún conserva esas manchas que tú hiciste con crayolas negras en una tarde celeste, tan parecida a la de la postal, ¿te acuerdas?.
imagen de carlos pazos.
